Articulo publicado el 7 de septiembre de 2012

Por David Ramírez

Sin lugar a dudas, el fenómeno de la prostitución se está adueñando poco a poco de las vías públicas y las zonas recreativas o familiar de la ciudad. De repente, ya casi no queda un rincón donde esta problemática social no haga acto de presencia.

Para uno darse cuenta del creciente índice del problema, al caer la noche, (principalmente los fines de semanas), basta con visitar el parque Central o el Malecón, para presenciar con sus propios ojos la gran cantidad de prostitutas y travestis ofertando sus servicios sexuales sin ningún tapujo.

Las llamadas “trabajadoras sexuales”, en su mayoría mujeres y hombres travestidos, adornan el paisaje. Ellos, se pasean por las aceras de un lugar a otro, muchas veces asaltando las esquinas en espera de su clientela.

Pero aunque usted no lo crea (parafraseando a un viejo programa de TV), el ejercicio de la prostitución en la ciudad nunca fue de esa manera. Todavía no hace mucho tiempo, nuestra ciudad tenía una zona de tolerancia sexual (no legal), ubicada en un humilde barrio de la ciudad dividido en el medio por el majestuoso río Birán.

Para los moralistas y religiosos fue nuestra Sodoma y Gomorra moderna. Esa zona, llamada “Los cabareses”, era un lugar bullicioso donde se podía encontrar de todo; bebidas y mujeres dispuestas a complacer y desahogar las penas a cualquier mortal necesitado de los placeres mundanos.

En aquella época los bares y dormitorios en el barrio “Los cabareses” se podían contar por montones, uno al lado del otro.

No podemos tapar el sol con dedo, nadie puede negar que mientras los bares en esa zona estuvieron abiertos, nuestras vías públicas y parques estaban libres de la prostitución. En aquella época nunca se vio en una esquina la presencia de una mujer o un travestis prostituyéndose, tampoco hombres ingiriendo bebidas alcohólicas o drogándose.

Con el cierre de los bares en el barrio “Los Cabareses”, debido a la grave crisis económica y la aparición de enfermedades peligrosas de transmisión sexual (como el SIDA), muchas mujeres y homosexuales se vieron precisado a ejercer la prostitución en las vías públicas.

Con estas palabras no quiero que ustedes piensen que estoy justificando o estoy rindiendo culto a la prostitución. Tampoco pretendo destacar las bondades de esas barras o dormitorios que funcionaban sin ningún tipo de garantías sanitarias o de seguridad en el barrio Los Cabareses. Simplemente quise establecer la diferencia entre lo que fue el ejercicio de la prostitución hace más de 30 años en la ciudad y lo que es ahora.

Lamentablemente, desde la aparición de este fenómeno social en nuestras calles, las autoridades municipales nunca han enfrentado el problema con responsabilidad. Lo único que realizan es redadas de vez en cuando, sólo para acallar las críticas de la opinión publica. ¿Criminalizando la prostitución erradicaríamos el problema?

No. La prostitución no se erradica con leyes u ordenanzas municipales, tampoco con redadas policiales, es un problema estructural y necesita una solución de fondo. No debemos olvidar el factor social del problema; para quienes la ejercen, es su único medio de subsistencia debido a la pobreza y la falta de oportunidades laborales.

Existen voces que han planteado públicamente crear fuera de la ciudad un espacio regulado por las autoridades municipales y de salud (una especie de zona de tolerancia o “rosa”), muy parecido a la antigua zona “Los cabareses”. Esta podrías ser una solución temporal porque invisibiliza” el problema, pero debido a los prejuicios morales, culturales y religioso de muchos políticos barahoneros, me parece difícil, por no decir imposible, que esta idea pueda materializarse.

Además, obligar a las mujeres a ejercer la prostitución en una zona cerrara se corre el riesgo de que puedan ser controladas y explotadas por los proxenetas y dueños de bares.

En una ciudad como Barahona, con un alto índice de desempleados y con un ayuntamiento funcionando bajo condiciones económicas muy precarias, las únicas opciones reales que puede realizar el cabildo, junto con otras instituciones del Estado, sería la de elaborar una estrategia para afrontar el problema desde una perspectiva humana.

El cabildo, en coordinación también con las ONG, debe diseñar y poner en práctica programas de educación sexual, psicológica y de formación laboral para ayudar, a las prostitutas que decidan libremente retirarse del oficio, a insertarse en el mercado laboral.

Le guste o no, amigo, la prostitución seguirá apoderándose de nuestras calles y parques mientras las autoridades locales no tengan una estrategia social común para minimizar el problema.

Pero para erradicarla es otra cosa, hará falta voluntad política y sobre todo, mucho coraje y decisión.