Articulo publicado el 8 de diciembre de 2013

Por David Ramírez

 Mucho antes que se fundara lo que hoy se conoce como el municipio Santa Cruz de Barahona, toda el área que ocupa la ciudad fue un bosque virgen, con abundantes árboles autóctonos, como la caoba. Para cuando se produjeron los primeros asentamientos humanos conocidos o históricamente verificables en nuestro municipio, la madera de ese árbol era el ramo más comercializable, el principal recurso económico de exportación hasta finales de 1860.

La fundación de la villa de Barahona, del cual no se tiene una fecha exacta o registro histórico ya que se perdió con el tiempo, no sucedió de forma planificada, sino de modo fortuito. La presencia de la caoba y otros árboles maderables, como el cerro y el guayacán, ayudaron al crecimiento poblacional de la villa, también a impulsar su estructura económica. El comercio con la madera preciosa, no la caña como creen algunos, fue la actividad económica que forjó la ciudad de Barahona tal como hoy la conocemos.

Basado en las tradiciones orales de la familia Ramírez Suero, Don Matías Ramírez nos  relata en su libro, “Fundación de Barahona”, que un día Felipe Suero, mientras buscaba  toros extraviados de su propiedad, llegó a la orilla del mar, topándose por casualidad con una playa hermosa  donde un río transparente (el Birán), hacía un remanso.

Es muy probable que Don Felipe Suero, encantado por la belleza increíble de ese territorio recién descubierto, con una tierra fértil y abundantes árboles con maderas preciosas, decidiese quedarse en aquel lugar.

Basado en los relatos de Don Matías, tal vez  el sitio exacto de ese territorio o paraíso que Don Felipe Suero encontró, haya sido lo que hoy se conoce como el barrio “La playa”. Esa  zona es considerada por otros historiadores como el “centro primario” de la ciudad, lugar donde  estuvo los primeros asentamientos humanos históricamente verificable.

Fue en ese territorio de nuestra provincia, donde  los comerciantes de la madera, acompañados con sus trabajadores y familias, instalaron los primeros aserraderos y almacenes, también   construyeron  a la orilla de la playa sus ranchos o  bohíos  ¨para guarecerse del sol y la lluvia”.

 Mientras deforestaban toda el área del centro primario, estos especuladores de la madera llegaron al territorio de Rincón (lo que hoy se conoce como Cabral),  y luego pasaron a la serranía del Bahoruco, causando un “ ecodicidio” por más de setenta y cinco años, del cual todavía muchas lomas y montañas no se recuperan.

La desforestación del centro primario no fue un proceso de la noche a la mañana, todavía para el  1853, lo que se conocía como la villa Barahona, estaba rodeada de arboles maderables, así lo atestigua la proclama de agosto de ese año del presidente Pedro Santana, quien se quejaba que lo único que  presentaba la villa Barahona a la vista del visitante eran muchos árboles y malezas.

 Casi cien años más tarde ya prácticamente no quedaba en el centro primario arboles de caobas o cedros, sólo en pie troncos y pequeños arboles en los patios de algunas casas o calles, como lo narra José A. Robert en su libro “La evolución histórica de Barahona”.

El crecimiento desmesurado de la población (para 1885 ya no había solares vacío en el centro de la ciudad), la agricultura de subsistencia  o  “ conuquismo”, la tala indiscriminada, el trazado de nuestras calles o posiblemente la presencia en ese  territorio de la hacienda de caña “Policena” de  Sylvain Coiscou, (cuyo sembradío comenzaba en la cabeza del río Birán y se extendía hasta su desembocadura en el mar), contribuyeron a la desaparición de la mayoría de los arboles de madera preciosa del centro primario.

Para sembrar la caña, Coiscou tuvo que talar cientos de arboles ya que su hacienda, según Welnel Darío Féliz en su libro “Historia de Barahona 1801-1900” se extendía hasta donde no podía alcanzar la vista. Sin lugar a dudas, la deforestación indiscriminada y la siembra de caña trajo la degradación de la cubierta vegetal del territorio de lo que fue el centro primario.

Esa deforestación, que se llevó a cabo durante más de un  siglo, tuvo como consecuencias la extinción de casi todos los arboles de caobas, cedros y guayacán  de aquel bosque virgen  y de singular belleza que vieron una vez los ojos de don Felipe Suero.

Muchos de los árboles centenarios de madera preciosa que quedan aún en pie  en esa zona y que la alcaldía, (sin consultar al pueblo), se empeña en talar, tal vez sean  los últimos sobrevivientes de una expansión urbana que comenzó con el trazado de nuestras calles, la construcción en el 1894 de parque, el traslado del cementerio o la construcción y luego ampliación del malecón durante la dictadura de Trujillo.

La alcaldía de Barahona y Mitur justifican el corte de los arboles de caobas supuestamente para “embellecer” el boulevard o malecón. Debo aclarar que la belleza es relativa, lo que es bello o decorativo en un ambiente urbano para algunos, para otros tal vez no lo sea.

Si don Felipe Suero se hubiese topado con un paisaje sólo con palmeras datilera en vez de arboles de caoba y cedro ¿De igual modo habría encontrado bello el paisaje?

Particularmente creo que sin la caoba, Barahona como ciudad, tal vez no existiría.