Articulo publicado el 28 de noviembre de 2014

Por David Ramírez

El respaldo que recibió los Quintos Juegos Deportivos Nacionales celebrado en  diciembre de 1981, sorprendió a los barahoneros, ya que pensaban que era un “juego de muchachos” y que  nunca alteraría el desenvolvimiento normal de la ciudad.

Del 5 al 11 de diciembre de ese año,  Barahona, no solo se convirtió en la capital deportiva del país, sino que el evento deportivo atrajo a miles de visitantes,  hasta el punto de colapsar nuestro precario servicio hotelero.

Los barahoneros se llevaron tremenda sorpresa al ver a miles de personas que, atraídas por el evento deportivo, caminaban para arriba y para abajo sin tener donde alojarse. Muchos habitantes, como buenos samaritanos modernos, cobijaron a gran cantidad de ellos en sus hogares, pero no había cama para tanta gente.

Al no encontrar donde alojarse, muchos visitantes  se vieron obligados el primer día a dormir “donde le cogiera la noche”. Se recuerda que en el Parque Central se congregaron docenas de  personas para disfrutar de la música típica que  allí se tocaba (hasta tarde de la madrugada), porque no encontraron habitaciones disponibles en ningún lugar de la ciudad.

Los periodistas también pasaron momentos de apuros. El ya fallecido periodista de Ultima Hora, Temístocles Metz, reseñó que se vio  obligado a pernoctar la noche en la sala de emergencia de una clínica privada, tirado en una camilla después de pagar  veinte pesos, con la condición de tirarse al piso si aparecía un paciente que tratar. Un caso similar contó el periodista Carlos Nina Gómez.

Pero los visitantes no solo confrontaron problemas para encontrar una habitación, también los lugares de expendios de comidas estaban llenos. La venta de bebidas y bizcocho se triplicaron, los precios se inflaron y los  especuladores hicieron su agosto. Los restaurantes La Roca y La Bahía estuvieron totalmente repletos de personas  y, durante los seis días, no hubo mariscos en su menú de esos restaurantes.

Al pasar los días esas dificultades se fueron solucionando y los visitantes quedaron encantados por la acogida y sencillez de los barahoneros, pero también por  el éxito del evento deportivo. Hay que resaltar que el sistema de transporte colectivo fue impecable.

Durante los días que duró el evento los barahoneros disfrutaron de un cómodo servicio de transporte en autobuses, (los que habían traído a una gran parte de los dos mil 669 atletas de las ochos regiones del  país), hasta la Villa Olímpica ubicada en Villa Central, por tan solo diez centavos.

Para asegurar el desplazamiento seguro y confoltable del público hacia la Villa Olímpica y evitar un caos vial, la Oficina Nacional de Transporte Terrestre (Onatrate), tomando en cuenta los sectores más poblado de la ciudad, trazó dos rutas y puso en funcionamiento un servicio de transporte colectivo  con 17 autobuses. La flota de Onatrate iniciaba de sus operaciones  desde las 8 de la mañana hasta las 12 de la noche.

Los  autobuses Marcopolo brasileños de Onatrate, transformaron durante esa semana el paisaje de la ciudad.  Ver aquellos autobuses montando y desmontando  pasajeros en las paradas autorizadas, provocó  en muchos barahoneros la sensación de encontrarse en una vía de la Capital o Santiago.

La ruta número 1 comenzaba en el Parque Central  y recorría las vías Luis del Monte, Enriquillo y Central hasta llegar al Complejo Deportivo . La ruta número 2 comenzaba su recorrido en el Arco del Triunfo de la avenida Luperón y recorría las vías Uruguay, José A. Robert, Enriquillo y la calle 7, hasta llegar a la Villa Olímpica.

Los Quintos Juegos Deportivos Nacionales fueron todo un reto para los organizadores locales. Cuando se clausuraron oficialmente lo juegos, Barahona superó la prueba con buena nota. Al demostrar que sí podía montar con éxito un evento deportivo tan exigente, la provincia escribió su nombre con letra de oro en la historia deportiva del país.